martes, 15 de mayo de 2018

La carta. Relato de una protesta protagonizada por mujeres en 1962.




Corre, corre, corre...


El 15 de mayo de 1962 un grupo de cinco mujeres madrileñas convocó en la Puerta del Sol de Madrid una concentración de protesta, que fue la primera manifestación de mujeres, y convocada por mujeres, desde el final de la Guerra Civil. Protestaron en solidaridad con las mujeres asturianas que estaban apoyando las huelgas de la minería y que el régimen franquista estaba reprimiendo con brutalidad. Para recordar este suceso, escribí un relato titulado La Carta que forma parte del libro Rojas. Relatos de mujeres luchadoras. (Utopía Libros, octubre de 2016).
Han pasado 46 años de aquella acción que se conoce poco. Las mujeres de Madrid volvemos a estar en luchas diversas, por nuestros derechos con multitudinarias manifestaciones feministas como la del 8M o contra sentencias machistas como la de La manda que nos sonroja y nos subleva. También nos manifestamos por derechos de trabajo digno, como lo hacen las Espartanas de Coca-Cola en Lucha, Las Kelys o las empleadas de Inditex, también por las pensiones justas, o por la sanidad y la educación públicas de calidad.
Las mujeres del Madrid del siglo XXI seguimos saliendo a las calles de esta ciudad que amamos para reclamar derechos y no lo vamos a dejar de hacer hasta conseguir lo que perseguimos, que no es otra cosa que dignidad, justicia y la mitad de todo. Seguimos queriendo el pan y las rosas.
He pensado en celebrar este 15 de mayo de 2108 (fiesta de Madrid) recordando a aquellas mujeres que llenaron la Puerta del Sol un 15 de mayo de 1962. Porque fueron, somos, las debemos mucho.  El cuento de La Carta es un homenaje a todas las luchadoras que se pasean por nuestras calles y las llenan con sus gritos de protesta, a todas esas mujeres que se plantan para mejorar la vida de todas y de todos, que son anónimas, pero que verdaderamente son las que construyen la historia, las que tejen con sus pasos decididos cambios fundamentales y avances para la vida de todas. Para ellas, para nosotras, para mí misma, ahí va este relato:

La carta
Tenían motivos para intentar algo. Eso pensaban ellas. Ana, Carola y Gabriela decidieron una tarde que había que hacer algo. “Tenemos que escribir una carta –dijo una de ellas– una carta que explique con claridad lo que está sucediendo, una carta que eleve sus frases de protesta hasta la Luna, que mueva los cimientos de esta España sorda, muda, estática, una carta que convoque a todas las mujeres en la plaza más céntrica del centro de este país secuestrado por el miedo, una carta que llene la mismísima Puerta del Sol y a plena luz del día, que para eso es el cruce de los caminos de la historia de nuestra tierra, una carta que ponga a estos cabrones en evidencia y que arrope a las mujeres asturianas que resisten”.
Sí, era necesario hacerlo por ellas, por las mujeres de los mineros asturianos en huelga. “Por ellas, las asturianas, –continuó otra– por las mujeres de los mineros, por ellas, que están en la lucha, que sabrán de nuestra carta y sentirán que no están solas. Eso es lo que tenemos que hacer…, por ellas, por nosotras, para que se sepa que las mujeres existimos y que luchamos y que contamos y que estamos ahí, que no somos invisibles, ni pasivas… ¿Qué os parece?”.
Y a todas, a las tres que compartían ese momento, Gabriela, Ana y Carola, a ellas tres les pareció muy bien, y también a Gloria y a Eva, que se enteraron después y entre todas decidieron que había que realizar una acción directa: escribir una carta para convocar una manifestación, una concentración de protesta y en solidaridad con las mujeres de los mineros asturianos que estaban siendo brutalmente reprimidas…
“Que se comenta en los círculos del Partido que están yendo a por las mujeres, que los mineros están en huelga, sí, pero de ellas, de las mujeres se habla menos, y ellas están manteniendo también una lucha heroica asistiendo a los piquetes con palos y pimienta, como el que más, movilizando a todos, y se las menta poco. Ellas, la mujeres de los mineros hacen las colectas, se organizan para que nada falte, recaudan fondos, no se quejan y pelean, y sacan los hijos adelante, y cocinan ollas comunes para que todo el mundo coma y sobreviva, que la policía sabe que hay que debilitarlas, que la lucha y la huelga también se sustenta gracias a ellas, y como lo saben pues han comenzado a perseguirlas, que las están maltratando, y torturando, que dicen que a una de ellas le han dado una paliza brutal, y que a otras dos las han rapado la cabeza, las han paseado por Oviedo con un pañueluco para taparles el desaguisado en un estado lamentable, como cuando la guerra, que quieren meter miedo a las mujeres y a los mineros, y a toda la gente… como aviso, el miedo como aviso de lo que le puede pasar a cualquiera que proteste o que exija lo que es justo, y tenemos que hacer algo…”.
Y vaya si lo hicieron. Era finales de abril de 1962. Las huelgas de mineros en el Norte se sucedían desde primeros de abril, cuando despidieron de la cuenca de Mieres a siete mineros por reclamar condiciones dignas de trabajo, y seguridad –que se jugaban la vida cada hora– y subidas salariales, sí, y el ambiente se cortaba. La Gran Huelga de la Primavera de 1962, la bautizaron después. La presión era grande y los periódicos no publicaban nada, o casi nada dentro de España, que no así fuera de nuestras fronteras, en Francia, Bélgica, Italia, Suecia o Inglaterra, donde los grandes diarios sí se hicieron eco, porque además en algunos países europeos también había huelgas en la minería en esos momentos y se solidarizaban con lo que pasaba en España y criticaban la represión que había aquí. Y en España se silenciaba todo, pero a pesar de eso, del silencio, en España la gente sabía que algo gordo pasaba, quién más o quién menos tenía algún familiar, algún conocido en Asturias y las noticias corrían de boca en boca y con medias palabras, casi sin nombrar los acontecimientos, porque el miedo era real, se palpaba y la mayoría pasaba de puntillas, sí, porque había mucho miedo, pero las huelgas existían, la lucha era cierta, y su eco llegaba lejos, muy lejos, también la represión, y el miedo, y se callaba, y se callaba, y se callaba…, también se gritaba, para dentro y para fuera, se gritaba de una forma muda, atronadoramente muda, desgarrada.
“Y es que entre los que saben y no cuentan y los que prefieren no saber, pues así pasa, que no pasa nada, y las maltratan impunemente y las pegan y las persiguen, y las destierran, y como no hagamos algo, fracasará la huelga, y no nos podemos permitir que fracase, porque lo que exigen es justo, que la gente tiene que ser consciente de lo que pasa, ¡coño!” –afirmó otra–.
Menos mal que siempre hay personas dispuestas a contar lo que sucede, lo real, sin edulcorar, y a protestar y a señalar lo que está mal, y a reclamar justicia, aunque les duela, aunque se jueguen ese presente cómodo, que seduce como el mejor de los amantes. Hay personas que son capaces de jugarse la comodidad, por lo que toque. Y eso es lo que ellas hicieron, se la jugaron. Escribieron una carta para contar lo que sucedía en la minería asturiana. Una carta pidiendo la solidaridad de las mujeres españolas con las mujeres de los mineros en huelga.
Decidieron dar la mano a las mujeres asturianas en lucha y luchar con ellas, luchar desde donde podían y como se les ocurrió. Y trazar así una elipse en el tiempo que las conecta con nosotras, las mujeres de ahora, las del presente. En una época muy difícil Gabriela, Ana, Carola, Gloria y Eva, decidieron gritar y no aguantarse. Y lo hicieron a lo grande, con la imaginación fresca de las mujeres en lucha, con el arrojo de las heroínas de novela.
Eso sí, antes de comenzar informaron de su idea al Partido Comunista, con el que tenían relación, sobre todo el marido de alguna de ellas, que era dirigente, incluso. Y Gabriela se lo contó a su marido, para avisar, le dijo. “Javier, que te aviso de que vamos a escribir unas cuantas cartas y a enviarlas para convocar una concentración, es por lo de la represión a las mujeres asturianas, que hay que hacer algo”. Y él se dio por enterado y no puso pegas, “adelante” –le dijo–, sin darle mayor importancia…y lo que parecía, más bien, fue que él pensó que no serían capaces de montar algo así. Vamos que parece que él pensó que era imposible que una cosa así, que una acción así pudiera salir bien, que ellas no iban a ser capaces de organizar una cosa así, sin infraestructura ni nada, sin multicopista ni Cristo que lo fundó, si total eran cinco locas, y siguió a lo suyo, con sus cosas, sin darle más vueltas al asunto. Ellas hicieron lo que tenían que hacer: siguieron adelante. Se pusieron a escribir unos cuantos párrafos de nuestra Historia reciente. Y escribieron.
Escribieron una carta anónima. Una carta dirigida a las mujeres españolas. Una carta en la que se narraban las penalidades por las que estaban pasando las mujeres de los mineros asturianos en huelga, las presiones, los maltratos, las torturas a las que estaban siendo sometidas. El destierro. Todo se detalló en esa carta. Una carta en la que se convocaba a una concentración de protesta a las 12 de la mañana el 15 de mayo, día de San Isidro, y fiesta en Madrid, en la Puerta del Sol. Una carta importante, histórica en cierta forma, porque se llamaba a una manifestación de mujeres, convocada por mujeres y organizada por mujeres por primera vez desde la II República.
El trabajo de la convocatoria fue cansado y extenuante, pero pleno de pasión y de fuerza. Lo fueron haciendo poco a poco. Tenían una máquina de escribir y se juntaban en casa de Gabriela, que era la dueña de la máquina, bueno era de su marido, que para eso era escritor, y se ponían a escribir y escribir en todos los ratos que podían. Se iban turnando entre las cinco, tejiendo una gran protesta con las teclas de la máquina de escribir. Utilizaron papel blanco y papel de calco a raudales. Copiaron a máquina, y por turnos, en bloques de diez folios a la vez intercalados con papel de calco, todas las cartas que pudieron hasta que les reventaron los dedos de las manos, que les dolían de verdad, porque había que darle a las teclas bien duro para que se marcaran los diez folios. “Joder, sigue tu, Gloria, que ya no puedo más, que tengo los dedos destrozados, necesito descansar, que me duele hasta el aliento”, dijo, Eva, o quizás fue Carola, qué más da. Y siguieron un día tras otro, una tarde y otra, los ratos que pudieron, hasta que la cabeza les rebosó de letras y de palabras en torrente, palabras y letras, letras y más letras, palabras y frases repetidas hasta el quebranto, hasta que los riñones se plantaron y dijeron ¡basta!, y las manos ya nos les respondían.
En total reunieron unas dos mil copias entre las cinco. “Y ahora, ¿qué hacemos con tantas cartas?, que hay más de dos mil, calculo, ¿cómo colocamos todo esto”. Preguntó Ana. “Creo que lo mejor es buscar nombres al azar en la guía telefónica y copiar direcciones. Donde ponga Don Fernando Flores Gómez, por ejemplo, nosotras escribimos en el remite ‘Señora de Flores Gómez’…así hasta que rellenemos todos los sobres. Va a ser un trabajazo chicas, pero no queda otra”, dijo Gabriela. Y fue una hazaña.
Después sembraron los buzones de Madrid con aquellas cartas, de forma discreta y concienzuda, casi con mimo, como se siembra una tierra preparada para germinar. Y lo llevaron a cabo de una forma tan concienzuda y tan estudiada que salpicaron la ciudad de semillas. Fueron soltando los sobres en los buzones poquito a poco, hasta repartirlos todos. Después solo quedaba esperar y observar. Y fue emocionante. Se sintieron vivas, más vivas que nunca.
El día 15 de mayo de 1962 acudieron a la Puerta del Sol a las doce de la mañana, como estaba escrito. Acudieron en grupo, con amigas convocadas de viva voz, a ver qué pasaba, todas expectantes. Y lo que sucedió fue muy bello, confuso al principio, pero bello. La plaza comenzó a llenarse y a llenarse, y como no sabían si era debido al día de fiesta o a su convocatoria, decidieron dar un salto. Protestar en alto y sin previo aviso, que a eso se llamaba dar “un salto”. Y dieron un salto que no tenían previsto, pero era necesario para poder saber porqué estaba allí tanta gente. Y Carola dijo: “¿Por qué no damos un salto y cantamos Asturias Patria Querida y a ver qué pasa?” Y eso hicieron, dieron un salto sonoro, un salto atronador, de los que hacen época y comenzaron a cantar a voz en cuello, tan alto como pudieron y con toda la pasión de la que eran capaces Asturias Patria Querida/ Asturias de mis amores…. Y la muchedumbre respondió ¡quién estuviera en Asturias/ en algunas ocasiones!… Y cantaron hacia delante una y mil veces. Cantaron con las manos, con los pies, con el cabello elevado, con las caderas, con la voz y a voz en cuello, un canto atronador, que se escuchó más allá de las fronteras de la historia…
Y la canción fluyó libre, y se elevó, y se elevó, y rugió Madrid. Y las gargantas de las gentes allí concentradas cantaron y cantaron hasta desgañitarse como si pertenecieran a un solo cuerpo coordinado y potente, un cuerpo social inmenso elevando un grito firme al infinito.
Y esa canción, una canción popular, inocente, hasta ese momento, de un minuto para otro se convirtió en un himno de protesta. Y una de ellas dijo “creo que se va a liar, que ya se está liando una buena, a correr toca chicas, ¡¡a correr!! que veo a la policía que sale, que sale la poli por la puerta de la DGS, que sale, que vienen, que vienen”…
Y así fue. Así sucedió. La Dirección General de Seguridad –que estaba allí, en la Puerta del Sol, en el mismo lugar que hoy ocupa la sede de la Presidencia de la Comunidad de Madrid– comenzó a vomitar policías y policías, y más policías, muchos policías, con porras y cascos, con escudos y más porras y botes de humo, y se lió un bochinche considerable, de gente que cantaba y corría, que corría y cantaba y hubo detenciones. Formaron un pasillo de policías y metieron en la DGS hasta noventa personas, que se dice pronto, ¡noventa!, que se llenaron los bajos del lugar, los tristemente célebres bajos de ese sótano infame en el que se torturaba antes de preguntar.
A la mayoría de las personas que detuvieron aquel día las soltaron enseguida, porque solo las podían acusar de haber cantado Asturias Patria Querida, y resultaba bastante ridículo, hasta para ellos mismos, los represores.
Días después de la protesta detuvieron a alguna de nuestras protagonistas. Las acusaron de desórdenes públicos y las conminaron a abonar una cuantiosa multa, que se negaron a pagar, porque no quisieron reconocer que hubieran cometido delito alguno. Por ello fueron encarceladas y estuvieron presas unos meses, poca cosa para la época. Fue poca cosa, porque afortunadamente no pudieron relacionarlas con ninguna organización política clandestina, ni con el PCE ni con ninguna otra, y achacaron el incidente a los desvaríos de unas locas.
De esta protesta no quedó apenas vestigio. Solo la memoria de las participantes y dos líneas escasas, aparecidas tiempo después en Mundo Obrero (periódico clandestino del Partido Comunista de España), que acreditaron el suceso.
El Partido Comunista de España le dio importancia a esta acción y decidió llamar a las organizadoras para que entraran a formar parte activa y coordinada de la lucha clandestina. Las crónicas internas del PCE y la memoria de Merche Comabella –que fue quien me relató este suceso de lucha– cuentan que las pusieron en contacto con el colectivo de mujeres de presos políticos y que entre todas dieron nacimiento y cuerpo al Movimiento Democrático de Mujeres (MDM), del que Comabella fue también una activa integrante. Pero, esa, es otra historia.


domingo, 8 de abril de 2018

El pis del jengibre




Mirar desde la piedra




























Pego un relato un poco surrealista, de esos que a veces fluyen desde las entrañas de una, acomodando las palabras lo mejor posible para favorecer el entendimiento. La materia de los sueños tiene un acomodo difícil en el papel en blanco, que es real y se puede palpar con las yemas de los dedos. El papel digital es otra cosa, permite plasmar las idas y venidas de las imaginaciones con mayor holgura experimental.

La fotografía que acompaña el relato es también confusa, es como si la piedra quisiera hablar con los ojos. En realidad la ciudad nos mira desde dentro, a través de esos ojos de cemento que son testigo de tantas realidades confusas y desesperadas o no. Capturé esta imagen en una calle de Madrid, la ciudad que amo y que me habla desde cada uno de sus rincones. No deja de sorprenderme cuando camino.

Este relato ha sido publicado también en la web www.nuevatribuna.es en el siguiente enlace: http://www.nuevatribuna.es/articulo/cultura---ocio/el-pis-del-jengibre/20180409145218150629.html


El pis del jengibre


Desde el día del mazazo se aficionó a las infusiones de jengibre. Lo tomaba para mear la desdicha y la pena, para deshacerse de los mocos pringosos que inundaban su cabeza con una ponzoña que le impedía alzar la vista. Acudió a la reina de las palabras para que la ayudara a sanar. Era una experta en enseñar a digerir las vivencias vestidas de crueldad, que se atascan en el organismo y son capaces de provocar un daño hondo como una sima.
La reina de las palabras le aseguró que para curar su dolencia tenía que vomitar frases enteras, palabras y más palabras, deslenguarse por la boca para sacar el último hilo de la madeja que comprimía sus entrañas hasta quitarle el aliento, y tomar litros y litros de caldo de jengibre:  “Las infusiones de jengibre son mano de santo, sirven para todo, lo mismo te activan la circulación y las defensas que te ayudan a expulsar la rabia y la locura en forma de meados”…jajajajjajaj se rió ella por primera vez desde la hora del desastre al oír eso… “lo digo en serio, insistió, ya verás lo bien que te sienta”.
Ahogar las penas en jengibre en lugar de hacerlo en alcohol, jajajaj, tenía su gracia, pensó. En cierta forma podía servir para guardar el equilibrio en un camino de alambre impuesto desde la unilateralidad de todo lo incomprensible. “Si me obligan a transitar por una soga que atraviesa un abismo que me puede tragar -se dijo- mejor hacerlo guardando el equilibrio y ligera de humores”. Esa fue una de sus primeras reflexiones tras el desastre.
El desastre, la naturaleza del desastre, era lo que no comprendía. En todo caso, no iba a caer en la provocación y el camino fácil que allana el odio. En su educación emocional el odio era un sentimiento ausente, nunca le enseñaron a odiar. ¿Para qué servía odiar? Su abuela siempre decía que el odio es un arma destructora de ida y vuelta, una vez que se es capaz de odiar, se instala dentro del cuerpo como una enfermedad incontrolable, que puede volver a brotar en cualquier momento, para retornar como un bumerán furioso y cortar la propia cabeza. Aplicando la sabiduría de su abuela, que tantas veces la había salvado, decidió que no estaba dispuesta a nadar en la piscina tibia y confortable del odio. Optó por comprender.
Comprender había sido su mejor arma desde la infancia. Encender todas la luces de su cabeza para alumbrar el camino por el que tenía que transitar quisiera o no. Tras el shock, se daba cuenta de que hay ocasiones en la vida en las que se extravía el rumbo de forma impuesta por un accidente del destino, y se entra en lugares extraños y no buscados. Son espacios pardos, plagados de detalles que se clavan como alfileres hiriendo las pupilas de la percepción de la realidad, espacios en los que anidan entes con disfraz de antiguos fantasmas, agazapados en el rincón más perdido e inexplicable del ser al que se ama y que en ocasiones raras pueden saltar encima sin previo aviso, para devorar la fuerza y arrastrarnos por un embudo del que solo era posible salir bebiendo toneladas de infusión de jengibre y recurriendo a las palabras.
Necesitas palabras para hilar un relato -le susurraba la reina- palabras para compartir, palabras para sanar, palabras solidarias en forma de caricias que ayudan, palabras desesperadas y lúcidas, palabras para enfocar la rabia, palabras para domesticar el odio, palabras para regar la vida que necesariamente tiene que venir, palabras que saben a jengibre y a veces se pegan en el paladar como frutos amargos, pero remontan la garganta y fluyen a través del cuerpo hasta llegar al filtro de los riñones, la herramienta que sirve para mear esos fantasmas que no son tuyos y eliminar así hasta la última gota de ponzoña.  
Cuando llegó a esa conclusión le entró la risa floja, drenar las desdichas a base de jengibre, eliminar la grasa del alma y del cuerpo, liberar la mente de mocos, restaurar las funciones del ánimo con el caldo de un tubérculo deforme. Lo deforme para restaurar lo conforme.
Mear océanos de jengibre tenía un encanto mucho mayor que dejarse caer desde la cuerda floja en la que se había convertido su vida de un minuto para otro y también era mucho más barato que acudir a un terapeuta. El pis elevado a la categoría de héroe que salva a la chica. El pis de jengibre para sanar el alma, para lavar la risa y que pueda volver a fluir.

Carmen Barrios Corredera

domingo, 4 de marzo de 2018

El derecho a la igualdad, que no se cumple




Ausentes





El derecho a la igualdad, que no se cumple

El movimiento feminista ha planteado para el 8 de marzo movilizaciones con huelgas en todo el mundo, a las que se han adherido numerosos países entre ellos España. Las consecuencias de la crisis económica mundial y las políticas y tendencias desreguladoras del neoliberalismo, que fueron causantes de la propia crisis, pero que se han seguido aplicando, han afectado de forma especial a las mujeres en todos los órdenes de la vida. En España también, con conocidos datos negativos referentes al empleo, a los desarrollos sociales y a la degradación de la vida en general, ampliando la brecha de las desigualdades y de las distintas formas de violencia que sufrimos las mujeres.
El 8 de marzo está convocada una masiva movilización que afecta a distintos órdenes: una huelga de empleo, con cobertura de los sindicatos, una huelga ciudadana de consumo, una huelga de cuidados y una huelga en la esfera de la educación.
Las mujeres siempre aportamos nuestra parte a la sociedad, somos el 50%, pero a pesar de eso, la sociedad, imbuida de estructuras patriarcales que persisten, nos desplaza, nos traiciona y no cumple con nosotras. Por eso, seguimos reclamando derechos. Exigimos el derecho a la igualdad, que son se cumple.
Siempre me ha parecido algo curioso, que las dos revoluciones más impresionantes que han movido los cimientos del poder hayan comenzado por un hartón y un ¡basta ya! de las mujeres y que se cuente poco e incluso se silencie. ¿Por qué será?
La marcha sobre Versalles de las mujeres francesas en octubre por la carestía del trigo, fue el aldabonazo por el que comenzó la Revolución Francesa de 1789. La participación de las mujeres fue tan importante, que una de ellas Olympe de Gouges, autora teatral y activista revolucionaria, y precursora del feminismo político, llegó a redactar la Declaración de Derechos de la Mujer y de la Ciudadana en 1791, para reivindicar la igualdad de derechos entre los hombres y las mujeres, que la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano obvió. Olympe denunció con su Declaración que las mujeres hicieron la revolución, pusieron su cuerpo, sus manos, sus voces y sus energías, pero quedaron apartadas de ella, sin los derechos por los que habían luchado codo con codo con los varones y eso era injusto y desigual. Su osadía fue castigada con la guillotina y Olympe perdío la cabeza. Años más tarde, en 1830, y como tributo a los levantamientos revolucionarios de julio en París contra el Rey Carlos X, que suprimió el parlamento y restringió las libertades, Eugène Delacroix pintó su impresionante cuadro La Libertad guiando al Pueblo, en el que una mujer fabulosa -la Libertad- guía al pueblo y ha quedado en nuestra retina como un símbolo indeleble de una revolución en marcha. Gracias Eugène.
De igual forma, en 1917 las mujeres volvieron a ser protagonistas históricas de un cambio legendario. La marcha de las mujeres trabajadoras del textil de Petrogrado (actual San Petersburgo, en aquél momento capital de Rusia) dio paso a la Revolución rusa. Un 23 de febrero de 1917 (calendario juliano) iniciaron una huelga y salieron a protestar de forma espontánea para conmemorar el día de la mujer trabajadora (ya que era 8 de marzo para el resto de países, por el calendario gregoriano) con el lema “pan para nuestros hijos”.
Las trabajadoras del textil iniciaron esa huelga solas. Ellas salieron a las calles para protestar y se les fueron uniendo otras mujeres, como las esposas de los soldados enviados al frente que reclamaban su vuelta y el fin de la guerra. Al día siguiente, 24 de febrero (9 de marzo para el resto) continuó la huelga y varió el lema por un contundente “¡Abajo el Zar!” y fue prendiendo una huelga general de grandes magnitudes. Hay que decir que el 50% de los trabajadores de la ciudad de Petrogrado eran mujeres y tuvieron una fuerza que el poder no supo medir. Al octavo día de huelga cayó el Zar, y se puso fin a una monarquía de siglos. Aleksandra Kolontái, líder feminista de la época lo resumió en una frase: "El Día de las Mujeres obreras del 8 de marzo de 1917 se volvió una fecha memorable en la historia. Ese día las mujeres rusas levantaron la antorcha de la revolución proletaria".
El 1 de diciembre de 1955, una mujer, Rosa Parks, se negó a cederle el sitio a un hombre blanco en el autobús y pasar a la parte trasera del mismo, lugar reservado para las personas negras en los Estados segregacionistas del Sur de los EEUU. Parks fue a la cárcel por su desobediencia, pero su gesto prendió la mecha de las luchas por los derechos civiles en Estados Unidos y hoy es recordada y honrada. En 1999 recibió la Medalla de Oro del Congreso de su país.
En la primavera de 1962 hubo en España una huelga en la minería asturiana bautizada para la Historia como La Huelgona. Fue la primera vez que el movimiento obrero en nuestro país le ganó una batalla al Estado franquista desde el final de la Guerra Civil. Aquella Huelgona en la que los mineros reclamaban justicia, derechos laborales y subidas salariales fue duramente reprimida. La Huelgona comenzó en la cuenca de Mieres en el pozo San Nicolás (La Nicolasa) debido al despido de siete de ellos. Los mineros se encerraron en señal de protesta y comenzaron una huelga en abril que se fue extendiendo por todas las cuencas asturianas y contagió a 27 provincias españolas. Duró hasta el mes de junio y tuvo tanta repercusión que en Francia y en Bélgica los mineros de esos países pararon en solidaridad con los españoles. La Huelgona aguantó a pesar de la represión. Y la principal razón fue porque las mujeres de los mineros se movilizaron con ellos y organizaron la huelga por fuera de las cuencas y se ocuparon de dar voz a la huelga y de buscar la solidaridad de fuera y de dentro de nuestro país. Ellas también sufrieron una represión atroz, hubo detenciones, palizas, rapados de cabeza y exposición pública, como en la posguerra, pero ellas no cedieron tampoco y la huelga traspasó fronteras. Y triunfó. La huelga aguantó y triunfó. Supuso un antes y un después para el régimen franquista.
A mediados de los años sesenta nació el Movimiento Democrático de Mujeres en España, embrión del movimiento feminista. Esta organización supo dotar de sentido político a las reivindicaciones sociales que afectaban a las mujeres. En los años setenta este movimiento se entramó con las asociaciones de amas de casa, consiguiendo organizar un potente movimiento vecinal. Las mujeres españolas protagonizaron día sí y día también protestas por la subida del pan y de los productos básicos, con paradas y protestas en los mercados y en las calles y plazas de los barrios de la periferia de las ciudades, que pusieron en evidencia a un régimen franquista agonizante, cruel e inepto, que no sabía atajar la crisis económica. Ellas crearon y dieron vida a un movimiento vecinal importante, que junto con el movimiento obrero consiguió desarrollar esa presión necesaria para que las cosas cambiaran. Se las recuerda poco, pero han quedado para la historia un puñado de mujeres entre las que destacan, Rosa Pardo, Dulcinea Bellido, Mercedes Comabella, Natalia Joga, Josefina Samper, Enriqueta Bañón o Rosalía Sender entre muchas de ellas.
Las mujeres en la actualidad seguimos en las luchas exigiendo lo mismo: el derecho a la igualdad que no se cumple.
La sociedad está en deuda con nosotras, las mujeres. Porque siempre que ha habido que arrimar el hombro para dar un golpe histórico encima de la mesa hemos estado ahí. Pero la parte masculina de nuestra sociedad no quiere recocer nuestro valor, el valor de lo femenino.
La diferencia entre el valor de lo femenino y el de lo masculino parte del propio uso del idioma, en el que el genérico casi siempre tiene rostro masculino, y se extiende a todas las facetas de la vida, incluido el mundo del trabajo, que no deja de ser un síntoma doloroso de las desigualdades entre los hombres y las mujeres, que se dan en sociedades patriarcales como la que habitamos. La desigualdad que sufrimos tiene su expresión más dura y brutal en la violencia y los asesinatos machistas
Algunos datos de la desigualdad
Los datos de la desigualdad pesan sobre nosotras como una losa. Pero esa losa también en una carga que lastra el desarrollo social en su conjunto.
En España la diferencia entre el salario que perciben los hombres y el que cobran las mujeres asciende al 30% según la Secretaría de la Mujer de CCOO. En su informe titulado El peaje de la discriminación, publicado en 2017, se afirma que la ganancia media anual de las mujeres se sitúa en 19.744 euros, mientras que la de los hombres está en 25.727 euros. Esto significa que los hombres ganan casi 6.000 euros más que las mujeres.
Es un dato demoledor. Esta situación de desigualdad salarial es un abuso que se perpetúa en el tiempo y que es fruto de una legislación que lo permite. La brecha salarial no quiere decir que las empresas ofrezcan sueldos base diferentes por sexo. Donde se genera la brecha salarial es cuando en un empleo, con las mismas responsabilidades, no se retribuyen de igual forma, por ejemplo premiando unas categorías u ocupaciones por encima de otras. Los complementos salariales en muchos casos favorecen a los hombres porque están masculinizados. Por ejemplo, CCOO ha detectado que se suelen pagar pluses de peligrosidad por manejo de maquinaria, pero sin embargo no se hacen por el uso de productos químicos que se dan en profesiones feminizadas como la limpieza, las retribuciones en función de la antigüedad y las horas extra suelen favorecer a los varones. Según los cálculos de UGT la brecha de las horas extraordinarias se eleva al 78,88%, la diferencia en complementos salariales llega al 30,44% y en pagas extraordinarias escala hasta el 36%.
Las desigualdades de género en el ámbito laboral, se han visto muy favorecidas por legislaciones del mercado de trabajo sucesivas que ha ido mermando las capacidades de negociación colectiva en las empresas, dejando a los empresarios la sartén de la negociación en sus manos. Y van más allá del salario. Sin convenios colectivos es muy complicado implantar planes de igualdad en las empresas. La degradación de los empleos y la precariedad, los bajos salarios y los abusos en los puestos de trabajo están haciendo que muchas ocupaciones se conviertan en penosas, por excesos de carga de trabajo, jornadas excesivas y hasta extenuantes en empleos totalmente desregulados.
Los “ajustes” de la crisis han convertido a las mujeres en un ejército de trabajadoras baratas y precarias (el 72% de los empleos a jornada parcial en España están ocupados por mujeres según el INE). Según un informe de los Técnicos de Hacienda, en la escala más baja de salarios es donde se concentra mayor número de mujeres, casi 3,2 millones de trabajadores no llegan al salario mínimo. Por eso están siendo ellas las que han comenzado a plantar cara a la precariedad y a los abusos con huelgas que han triunfado, como la huelga de las trabajadoras de Inditex en Galicia; o el caso de las camareras de piso, reunidas en torno al colectivo conocido como las Kellys, que públicamente denunciaron abusos en contratos, con tarifas de 1,50 euros por habitación limpia y jornadas extenuantes con contratos por horas, días o semanas; o la última y reciente huelga de las teleoperadoras empleadas en una contrata que da servicio a la Comunidad de Madrid y que sufrían explotación descarada, bajos salarios y jornadas abusivas. Estas protestas han servido en parte para que se conozcan las condiciones de abuso y también de penosidad que se están dando en demasiados empleos, sobre todo del sector servicios. Otra de las luchas que siguen en pie gracias, en parte importante, a la implicación de las mujeres es el pulso que los trabajadores de Coca Cola de la fábrica de Fuenlabrada están manteniendo con la marca. Ellas, las Espartanas de CocaCola en lucha están protagonizando un movimiento de protesta continua y mediática que está trascendiendo fronteras. Se han convertido en un símbolo de todas las luchas justas por el empleo digno.
Las desigualdades son un suma y sigue, que hace que sean las mujeres las que de forma mayoritaria se sigan ocupando del trabajo doméstico y de cuidados, trabajen o no. Ellas destinan 26,5 horas a la semana a cuidar hijos o familiares, tareas domésticas y colaboraciones sin sueldo en ONG, frente a las 14 horas que dedican los varones, según el INE (El país, 13 de febrero de 2018).
Llegar a puestos de responsabilidad y toma de decisiones, donde se pagan los salarios más altos también está vetado a las mujeres. Solo una de cada cinco trabajadores con sueldos de 140.000 euros es mujer.
Una vez que finaliza el periodo laboral continúan las desigualdades. La diferencia entre las pensiones de jubilación alcanzó el 37% en 2016, según datos de UGT. Mientras la pensión media entre los hombres es de 1.220,65 euros, en el caso de las mujeres no llega a los 800 euros, se queda en 768,54
Esta realidad de la desigualdad perpetua entre los hombres y las mujeres proporciona argumentos y razones fundadas para celebrar un 8 de Marzo de 2018 reivindicativo. La expresión de una huelga masiva en el empleo, en los cuidados, en el consumo y en la educación es un grito social por el derecho a la igualdad y contra todos los maltratos y violencias que sufrimos las mujeres.
Carmen Barrios Corredera
*Este texto está publicado en las páginas de Tribuna del número 280 de la revista Temas para el debate, aparecido en marzo de 2018.